NIRMANAKAYAS


El Nirmanakaya es un ser que renuncia al Cielo y a su felicidad, por estar en la tierra enseñando, sirviendo y ayudando, no importa lo que algunas veces tenga que sufrir por esto. Asciende, pero retiene su Cuerpo Causal y también los Átomos Maestros de sus cuerpos mental, astral y físico, para poder construirse un vehículo en el plano físico y, de esta manera, poder bajar para auxiliarnos. Es lo mismo que pertenecer a un grupo espiritual de gente inteligente, culta, educadísima, que se reúne en sitios hermosísimos, y decidirse a viajar al interior de la república, para darle clases de Metafísica a gente inconsciente, que nos maltrata, no entiende, no sabe hablar bien. Esta actitud es lo mejor que podemos hacer, porque es lo que verdaderamente le resulta de utilidad a los demás, y se realiza sin esperar un beneficio interno. No podemos aceptar y regocijarnos en la paz del Cielo, mientras exista ignorancia y sufrimiento en el mundo; porque es un acto egoísta ingresar, absorberse en el Cielo, y dejar a la gente sufriendo en el mundo, pudiendo socorrerla.


Lo contrario a un “Nirmanakaya” es un “Pratyeka Buddha”, quien decide quedarse gozando de la Bienaventuranza eterna, sin ocuparse de ayudar a nadie. Un reflejo de esto son los eruditos que se encierran en su cultura, y no la comparten ni se la enseñan a ninguna persona.


Como estudiantes o Facilitadores, debemos estar deseosos de ir adonde más se nos necesite, para poder prestar mayores servicios, permanecer allí con la humanidad y ayudar; esto es lo más bondadoso que se puede hacer. Debemos estar siempre dispuestos a asistir a los demás, aun a costa de molestias o pérdidas que podamos resentir.


Nuestra gran misión, y última finalidad, es conseguir el Cielo –o la Ascensión- y luego RENUNCIAR; aprender que no estamos en el sendero de la vida para trabajar por nosotros, sino por los demás.


La grandeza del NIRMANAKAYA está oculta a la vista de los seres humanos. En la vida física, implica la renuncia a la gloria superior; pero ayudar satisface al alma, a un grado tal, que no hay sufrimiento.


Extraído del Libro “El Cielo”, de Rubén Cedeño.

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