ROSAS SIN ESPINAS

En La Porciúncula, donde vivió y desencarnó Francisco, verdaderamente nacen las rosas sin espinas; podemos buscarlas y no encontrarlas. Es un milagro de la Naturaleza que sucede aquí y ha de ocurrir en nosotros. Estas rosas están en un jardín hermosísimo, al que no tiene acceso el público, pero se las puede contemplar a través de los cristales. Todos debemos ser Rosas sin espinas, que no dañen jamás a nadie. No amenacemos, no le demos miedo a ninguna persona, que nadie huya por temor a nosotros.


En el interior del jardín de las Rosas sin espinas se encuentra una estatua de San Francisco con el lobo; esto significa que, aunque la gente caiga sobre nosotros como lobos feroces, a modernos, reaccionemos sin dañar, como la Rosa sin espinas. Podemos decir, pensar y sentir: “Yo soy la Rosa sin espinas, que jamás daña a nadie, y perfuma al que la hiere”.


Cerca de este jardín, cruzando por un pasillo, está la pequeña celdita que ocupaba Francisco. Él tenía que entrar agachadito y no se podía parar por dentro de ella. Francisco huyó aquí, de la situación en que su padre y su madre lo tenían, viviendo con tanto esplendor, dinero y una opulencia desmedida. Después, a este lugar también lo cubrieron con el boato de esta iglesia, tapando el sitio con una lujosa basílica que no va con la humildad franciscana.

Extraído del Libro “FRANCISCO”, de Rubén Cedeño.

Editorial Señora Porteña.



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