“SALVACIÓN DE LAS LLAMAS”

Dice Serapis Bey: “Aquellos de nosotros que permanecimos fieles a la Luz, fuimos informados del momento en que se produciría el hundimiento del continente. A cierta hora, de una determinada noche, cargamos nuestros barcos con todos los maravillosos tesoros de nuestros Templos, incluso aquello que pudimos arrancar de las manos de algunos sacerdotes codiciosos. Con una plegaria en nuestros corazones y unos pocos fieles, navegamos en nuestros barcos, cruzando el Atlántico y el Pacífico para llegar a muchas tierras. Ninguno de nosotros sabía a dónde estábamos yendo, hasta que después de dejar la costa, abrimos unas órdenes selladas que nos habían sido entregadas. Nosotros sabíamos que había un elemento que debía ser considerado, porque el hundimiento del continente afectaría vitalmente a los poderosos océanos, y nosotros estábamos en pequeños barcos sacudidos como astillas en las olas del mar. En total, cien navíos de la gran Flota Atlante se hicieron a la mar para llevar las Llamas de la Virtudes del Altísimo que habían sido magnetizadas y sostenidas a lo largo de los siglos. Algunos fueron hacia el oeste y se asentaron en la vecindad de la Isla de Pascua, Perú y México. Otros se aventuraron aún más allá, al otro lado del inmenso Pacífico, hacia Asia. De los cien grupos que originalmente se hicieron a la mar, solo diez llegaron a sus diversos destinos con el foco de su Llama intacto, el cual contiene actualmente dentro de sí, una parte del Fuego Sagrado propiamente dicho, procedente de los Templos Atlantes. Estas llamas vinieron con nosotros en los grandes braseros dorados que solían colgar encima de los altares en aquella época”.


Dice el Arcángel Zadkiel, que gracias a la invocación consciente de la actividad purificadora de la Llama Violeta en la atmósfera de la Tierra, una vez por hora, durante cada período de veinticuatro horas, fue posible transportar las Llamas de las diversas Virtudes Divinas a lugares seguros sobre el planeta, desde la isla de Poseidón, que era el remanente final del Continente de la Atlántida, el cual se hundió bajo las aguas en un cataclismo.

Extraído del Libro “EL CIELO”, de Rubén Cedeño.

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