MANÁ DEL CIELO

El pueblo de Israel había salido de la esclavitud de Egipto al desierto, de manos de Moisés, buscando la Tierra Prometida, pero «en el desierto, toda la congregación de los hijos de Israel murmuró». Dos millones de personas se quejaron contra Moisés y Aarón, porque estaban asustadas de que les faltaría la comida.


El quejarse es asunto serio y tiene consecuencias calamitosas. Se queja el que no tiene fe, no espera de Dios, no conoce el poder de la Precipitación. Por eso, en la Biblia dice: «Sus murmuraciones no son contra nosotros, sino contra Jehová».


El pueblo se quejaba, exclamando: «Ojalá hubiéramos muerto a manos de Jehová, en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos ante las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos, pues nos han sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud».


Moisés conocía a la perfección los Pasos de la Precipitación y los aplicó para precipitarle comida a toda esta inmensa cantidad de gente que se moría de hambre en el desierto. La Divina Presencia «Yo Soy», que es el Nombre que Dios le reveló a Moisés, le dijo a este: «Mira, yo os haré llover pan del cielo. El pueblo saldrá y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley o no». Así, cada día, por cuarenta años, vieron a Dios precipitarles el Maná. Del mismo modo, más adelante, Moisés les precipitó agua.

Extraído del Libro “SIETE PASOS DE LA PRECIPITACIÓN”, de Rubén Cedeño.

Editorial Señora Porteña.


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