MADRE MARÍA SALOMÉ

CEMENTERIO DE LA CHACARITA

La Madre María Salomé no me ha realizado el milagro de sanarme una dolencia o sacarme de un aprieto, sino otro tipo de milagro, que considero muy curioso y por eso lo narro.


La primera vez que fui a visitar la tumba de Gardel, en 1987, en el cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, al pasar por la tumba de un personaje que, para mí, era desconocido, un señor me llamó y me dijo: “Esta es la Madre María Salomé”. Sin que se lo pidiera, me regaló una estatuilla de ella hecha de un metal costoso. Esto era un llamado indiscutible hacia mi persona, para que me ocupara de este maravilloso ser. Vi que en la tumba estaba su estatua, y que la gente le arrojaba flores, claveles blancos y rojos. Allí me enteré de que, según la creencia popular, si estos llegan a caer en las manos de la escultura, quien se las tira se verá favorecido por un milagro de la Madre María.


No siendo suficiente todo lo vivido, en esos mismos días pase por un cine especializado en películas argentinas y descubrí que proyectaban, a la inusual hora de la una de la tarde, la película de “La Madre María”, interpretado por Tita Merello; entré y me encontré con que era el único espectador, no podía creer que estuviera solo en la sala. ¿Sería que estaban proyectando para mí solo esta película, de modo que me ocupara de esta santa mujer?


Me di cuenta de que, indudablemente, la Madre María Salomé era un ser del Quinto Rayo Verde de la Salud y la Curación, que sanaba, casi al rozar con su aura, a quien tenía que sanar; además, fue una santa y mística mujer, entregada al servicio del prójimo.