HABITACIONES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Unos de mis sueños era conocer las habitaciones de San Ignacio de Loyola, lugar donde vivió los doce últimos años de su vida y desencarnó el 31 de Julio de 1556. Pero como eso no se promueve en ninguna parte, es decir, que casi nadie lo conoce, ni se sabe dónde está, no había podido dar con el sitio. Pero me llegó la información de que estaba en Roma, al lado de la iglesia que conserva sus restos. Como en breve tenía conferencias en esta ciudad, lo primero que hice al aterrizar fue dirigirme hacia la casa del santo, lo cual me impresionó mucho. Tras penetrar en el recinto, se sigue una serie de corredores de altos techos, todo muy austero sin adornos ni muebles. Se ascienden por escaleras de aquí y por allá, en lugares que no están custodiados por nadie. En las blancas paredes se pueden contemplar pinturas y reproducciones de grabados con aspectos de la vida del santo. Entre ellos cabe destacar un lienzo original del siglo XVII representando a San Ignacio muy joven. Así se llega hasta un impresionante corredor decorado de techo a piso con una profusión impresionante de frescos del gran artista jesuita Andrea Pozzo.

 

Todo está decorado al más puro estilo barroco, con las técnicas ilusionistas de arquitectura y escultura pictórica, con las demostraciones más arriesgadas del uso de las perspectivas ilusorias, sobre todo con el detalle de unas figuras que vistas de frente y de perfil cambian totalmente su fisonomía. De un lado de este corredor hay unas pocas escaleras que llevan a la puerta de las habitaciones del santo.

Al penetrar a las habitaciones del santo, se encuentra la habitación, estudio y dormitorio de San Ignacio, que es muy impresionante por su extrema sencillez. Aquí trabajaba, escribía, estudiaba y rezaba. Desde este lugar dirigía su extensa orden explayada por todo el mundo. En este lugar se aprecia contrastantemente la imponente humildad ante la majestuosa grandeza de San Ignacio.

 

En un lugar se puede contemplar e interactuar con la escultura de una cabeza de San Ignacio, copia fiel de su rostro, trabajada con una mascarilla mortuoria que se le dedicó. La cabeza está colocada sobre un pilar, que ambos dan la altura exacta del santo y que uno se puede medir su estatura física ante la de él, aunque solo esto, porque medirse con su talla espiritual sería imposible. En estas habitaciones San Ignacio escribió las Constituciones de la Compañía de Jesús.

 

Mientras que en otra habitación se encuentra una impresionante casulla con la que celebraba misa y con la que fue enterrado, y para poderla poner aquí hubo que separarla de sus huesos. También se encuentra una de sus camisetas y un par de zapatos usados por el santo.

De repente, inesperadamente, se entra en una habitación que al introducirse se siente un

fuego abrazador que casi quema, pero no es físico sino totalmente invisible, interno, se podría decir que espiritual, es el lugar donde desencarnó San Ignacio.

 

Recordé las palabras de San Ignacio: “Se volverá todo en llamas”. En este sitio desencarnó San Ignacio. Es para quedarse en meditación un tiempo, sin ningún tipo de mesura como lo son estos asuntos del Alma. En una pared se puede contemplar apropiadamente, un cuadro que retrata imaginariamente el momento en que desencarnó el santo.

 

En otro lugar se observa un fresco original muy antiguo y encantador del sello de la “Compañía de Jesús”, también hay una cruz con un crucifijo pintado que es una completa delicia y un altar para dar misa. De todos los lugares ignacianos que he visitado a lo largo de mi vida, me quedo con todos: donde nació en Loyola, el punto exacto de su conversión en Montserrat en Cataluña, la cueva de Manresa, la Virgen en la Iglesia de San Pablo extramuros donde se consagró y su tumba. Pero aquí, en esta habitación donde desencarnó San Ignacio, es lo máximo. Es donde el MÁS se siente, puedo decir, que si se estiran las manos casi se le podría tocar.

A lugares como la habitación donde desencarnó San Ignacio es a donde me gusta venir y traer a mis estudiantes, para que se impregnen con la santidad de los santos; la humildad de los humildes, la mística de los místicos, la devoción de los devotos y de la presencia de Dios de los que la han percibido. Para quedarse con todo ello y expandirlo a quien se le hable, mire, toque, roce, rece o se le desee llenar de Dios.

Foto: Rubén Cedeño 

 

 

Extraído del libro Santos de Rubén Cedeño

 

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