INDIGNO DE VER A LA MADRE TERESA DE CALCUTA

 

Rubén Cedeño
Libro: "Madre Teresa de Calcuta"
 

Había contratado un auto con chofer que me trasladara desde el hotel en que residía en Calcuta a Dakshineswar, donde vivió un gran santo del hinduismo llamado Ramakrishna y del que había estudiado casi todos sus escritos a lo largo de mi vida.


Era muy temprano en la mañana, y veníamos por una amplia avenida. De repente el conductor frenó en una esquina, se volteó hacia mí, que estaba en el asiento de atrás del auto y me señaló del lado izquierdo de la calle, un callejoncito peatonal angosto, con una casa grande de varios pisos que hacía esquina y me dijo: “Allí vive la Madre Teresa de Calcuta y ahora está allí, ¿la quiere visitar?”. Me impresioné. Invadió mi ser el mismo sentimiento que tuve minutos antes de conocer a Krishnamurti, y fue una gran duda. No me esperaba en ese momento tener esa oportunidad, ni encontrarme presionado a realizar una decisión tan importante.

 

De inmediato entré en una reflexión rápida pero profunda y me dije: “He querido conocer a la Madre Teresa de Calcuta toda mi vida, ahora tengo la oportunidad. Muy bien, me bajo del auto, voy hasta la puerta donde vive, toco el timbre y cuando me abran y esté frente a la Madre Teresa y le tenga que decir quién soy, que hago allí ¿Qué digo? ¿Qué se le puede decir a alguien que lo da todo, más allá de todas sus fuerzas, si lo que hay que hacer es darle, ofrecérsele para ayudarla a socorrer tantos necesitados como ese Ser lo hace?

 

Me daba vergüenza presentarme ante la sobrecogedora humildad de alguien tan sencillo. Esto me intimidó hasta el alma. Qué horror y falta de piedad iba a tener ante alguien que se ha dado por el todo y no decirle: “He renunciado a todo y vengo a ayudarte con los necesitados, los moribundos, abandonados, leprosos y ciegos”.

 

Pero ya había renunciado a todo en mi persona por socorrer a los ignorantes, enseñándole a Dios en su interior, los Aspectos de Dios, las Leyes Divinas para que vivieran mejor y no me quedaba ni un pedacito de mí para ofrecérselo a la Madre Teresa de Calcuta. ¿Cómo me iba a ofrecer a alguien para ayudarla si también mi persona necesitaba ayuda para ayudar?

 

Con el dolor de mi alma le respondí al conductor: “Siga por favor, no me voy a bajar”. El taxista asombrado me interrogó ¿Y no quiere ver a la Madre Teresa de Calcuta…? … todavía el taxista está esperando mi respuesta.

Mientras el taxi avanzó, volteé hacia atrás por el cristal de la ventana trasera del auto, para ver cómo me alejaba de aquel sitio humilde pero lleno de una grandeza espiritual incomparable. Mis ojos, la mente, y los sentimientos se me quedaron perdidos en el tumulto de la bulliciosa calle por donde avanzaba el taxi. Mi pensamiento permaneció fijo en aquella casa de la Madre Teresa. Todavía evoco este suceso muchas veces en mi mente con toda claridad.

Si me tocara de nuevo esta situación, volvería a hacer lo mismo. Todo lo que uno pueda creer, ser y tener, queda anulado ante la inmensa “Compasión Infinita” de algunos seres, y entre ellos el de la Madre Teresa de Calcuta.

No quise ver a la Madre porque no era digno de ella. Si alguien me ha hecho sentir la poca cosa que soy y hago, ha sido la Madre Teresa de Calcuta.

 

VOLVER


Años más tarde la Madre Teresa de Calcuta desencarnó. Volví a Calcuta y me dije “ahora sí puedo ir, pero a su tumba, y no tendré excusas que darle para no ofrecérmele”. La primera vez que fuí a su tumba inesperadamente me tiré a llorar a sus pies de pura conmoción espiritual ante tanta “Compasión Infinita”. Sólo ante su tumba y la de San Francisco he llorado tanto en mi vida delante de un sepulcro.

 

Regularmente llevo a Calcuta a los estudiantes que Dios me da la oportunidad de instruir a que vean la tumba de la Madre Teresa en aquel mismo callejón humilde y angosto, para que si pueden, se impregnen de la caridad y el inmenso “Amor Compasivo” de la Madre Teresa y si lo desean, traten de hacer algo parecido a lo que Ella hizo por los demás.

 

Siempre voy a la tumba de la Madre Teresa de Calcuta lleno del recogimiento interior que Dios me permite, indigno de estar allí frente a tanto servicio a la humanidad, tanta compasión, tanto amor, tanta entrega, pero lo hago a ver si se me pega algo de tanta “Compasión Infinita”.

 

TUMBA


La Madre Teresa desencarnó el día 5 de Septiembre de 1997 en Calcuta y después de sus funerales fue enterrada en su convento. Allí en el convento de la “Hermanas de la Caridad de Calcuta” podemos contemplar el humildísimo lugar donde está su cadáver. El sitio es sumamente sencillo.

 

Después de uno entrar a la casa, doblando hacia la derecha, al final de un corto pero tortuoso pasillo, se atraviesa la esquina de un patio que tiene una estatua de bronce de la Madre Teresa. El piso de los corredores de la casa es de cemento sin pulir y con remiendos por todos lados, con diferentes colores de acabado y texturas, pero extremadamente limpio.

 

En una habitación común, que da para la calle, con las ventanas abiertas, en medio de un piso muy limpio esta la tumba de la Madre Teresa, sin lápida de mármol. El acabado final de la tumba es de albañilería sencilla con algo parecido al cemento blanco, y cubierto por adornos de flores frescas que se ve que le colocan a diario. Al frente en una pared hay un Crucifijo con un letrero a un lado, que dice en inglés : “Tengo Sed”.

 

En ese santo lugar ni siquiera hay silencio. Por las ventanas protegidas por rejillas, penetra el calor, el ruido, la contaminación de Calcuta. El lugar da hacia una calle bullanguera como todas las de la India donde la Madre Teresa socorrió la miseria. Allí silenciosa yace la Madre Teresa en medio del bullicio y la superpoblación que la santificó o donde ella con su “Compasión Infinita” labró su Santidad.

 

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