SAN PABLO PIDE PERDÓN

 

Consideremos ahora una de las páginas más importantes de la vida de San Pablo: perdonar el propio pasado.

 

San Pablo no le tuvo temor al pasado, se revistió de la humildad necesaria de reconocer su fallas (que eran muchas y terribles), porque eso que había hecho de perseguir y condenar a personas por una creencia, por un estado de conciencia, es grave.

 

San Pablo sabía que había que remontarse al pasado para perdonar. No tuvo aprensión en ello y puso la entereza de sobreponerse a sus fallas, pidiéndoles perdón a las demás personas por sus errores y perdonarse a sí mismo. Renunció a sus puntos de vista y posiciones intelectuales erróneos, sabiendo lo que todo esto conlleva, que es terrible, como el caso de la muerte de inocentes en el apedreamiento de San Esteban.

 

Uno puede decir con contrición y verdadero arrepentimiento: “Perdóname”, “Perdónenme”, “Me perdono a mí mismo por el mal uso de la energía divina”. Hacer esto es mágico, cambia las cosas al lado favorable de la historia. San Pablo, como judío, ya estaba consagrado a Dios, pero no tenía la percepción correcta de la Divinidad y del camino a seguir y lo reconsideró. Puso retroceso en su vida y volvió a la coyuntura de donde tomó el camino equivocado y lo corrigió.

 

Para esto se necesita valor, y eso se puede hacer. ¡Se debe hacer!, retomar y auto re-consagrarse en el correcto Servicio a Dios, cuando ha habido errores y realizar la obra de expandir la Conciencia del Cristo sin exclusión, sin separación, sin condenación, en integración, de forma incluyente, que es el verdadero Amor, como debe ser.

 

Así como ha sido la vida de San Pablo, con equivocaciones, errores de cálculo, dura, cruel y a la vez buscando ser diferente, es posible que sea la de nosotros. Y por eso a pesar de que nos juzguen, debemos darnos cuenta que los demás pueden tener razón y comprender

que estas reflexiones sobre la vida de San Pablo, nos conduzcan a reconocer nuestros errores, equivocaciones y fallas del pasado, e incluso del presente, y así corregirlas como supo hacerlo San Pablo.

 

Esa espada que llevan las efigies de San Pablo en la mano, es para cortar nuestros errores, equivocaciones y malos cálculos. El apóstol, después de la revelación de “El Cristo” camino de Damasco; su ceguera, curación y bautismo, decide como asunto lógico, volver a su pasado, al mismísimo Jerusalén, para congraciarse y pedir perdón por la persecución contra los seguidores de Jesús, y de paso recibir de ellos la palabra junto con las enseñanzas de primera mano.

 

Bernabé fue quien introdujo a San Pablo a la comunidad de los apóstoles de Jesús, y para ello tuvo que deponer de su orgullo, pisar su tremendo ego e investirse con una gran humildad. Por supuesto que la incipiente comunidad cristiana no lo aceptó, no le creyeron su arrepentimiento, pero él no se enojó e insistió.

 

La puerta del Sendero hay que golpearla varias veces, hasta lograr que se abra. Allí estuvo el primer gran trabajo de San Pablo, reparar las faltas de amor que había cometido en su pasado, que siempre hay que enmendarlas y a veces no es fácil.

 

Eso debemos de hacerlo todos: mientras más difícil se hace desagraviar una falta de amor, más sólidas e indestructibles se construirán las bases de ese nuevo amor. San Pablo para los judíos se convierte en traidor y lo comienzan a perseguir, es allí donde comienza otra página de su vida donde tiene que huir para siempre, por ello, esta vez se refugia en el puerto de Cesarea.

 

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