LA TÉCNICA DE LA MEDITACIÓN

28.07.2015

 

Si somos principiantes o poseemos una mente desordenada, fluídica, versátil o inestable, empezaremos por practicar la concentración. Si somos intelectuales disciplinados, lo único que debemos hacer es reorientar la mente hacia un nuevo campo de conocimiento y empezar a meditar verdaderamente. Es fácil enseñar a meditar al hombre cuyo interés se cifra en los negocios.


Luego se intenta regular la práctica de la meditación y se fija cada día un determinado momento para ello. Al principio, quince minutos son suficientes, y no debería intentarse practicarla durante más tiempo el primer año. En verdad podría decirse que no está interesado quien dice no disponer de quince minutos de los mil cuatrocientos cuarenta que constituye un día. Quince minutos pueden encontrarse mientras pongamos voluntad para el esfuerzo; es siempre posible levantarse quince minutos más temprano o prescindir de la charla matinal con la familia, la lectura de un libro, el cine u otras cosas durante el día. Seamos honestos con nosotros mismos y reconozcamos las cosas tal cual son. La excusa "no tengo tiempo", es completamente vana, e indica simplemente falta de interés. Consideremos las reglas sobre las cuales vamos a proceder.


Ante todo, procuraremos hallar tiempo por la mañana temprano para la práctica de la meditación. La razón estriba en que después de haber participado de los acontecimientos del día y en el toma y daca general de la vida, la mente está en un estado de violenta vibración, lo cual no sucede si la meditación es la primera práctica de la mañana. Entonces la mente está relativamente aquietada y puede sintonizarse más rápidamente con los estados superiores de conciencia. Si iniciamos el día enfocando nuestra atención en cosas espirituales y cuestiones del Alma, vivimos el día en forma muy distinta. Si esta práctica se convierte en hábito, veremos muy pronto cambiar nuestras reacciones a las incidencias de la vida y empezaremos a pensar lo que el Alma piensa. Entonces se realiza el proceso de la actuación de una ley, porque "como el hombre piensa, así es él".


Luego trataremos de buscar un lugar realmente tranquilo y libre de intromisiones. No quiero decir tranquilo en el sentido de que no haya ruido, porque el mundo está lleno de sonidos, y a medida que nuestra sensibilidad aumenta, descubriremos que es más ruidoso de lo que pensábamos, pero libre de todo acercamiento y exigencias de otras personas. Quisiera indicar una actitud que todo principiante debería asumir. Es la actitud de silencio. Los aspirantes a la meditación hablan mucho de la oposición que encuentran por parte de la familia y los amigos; el marido objeta que su mujer medita, o viceversa; los hijos despreocupados o desconsiderados interrumpen las devociones de los padres; los amigos no simpatizan con el intento. En la mayoría de los casos es culpa del aspirante mismo, sobre todo las mujeres. La gente habla demasiado. A nadie le importa qué hacemos durante quince minutos de nuestro tiempo cada mañana y no es necesario hablar de ello a la familia, ni exigirles estar quietos porque queremos meditar. Inevitablemente esto evocará una reacción contraria.

 

Por lo tanto no divulguemos el método de desarrollar la conciencia espiritual, pues es un asunto exclusivamente nuestro. Guardemos silencio sobre lo que hacemos; no dejemos libros ni escritos en cualquier parte, tampoco diseminemos por la casa literatura que no interesa en lo más mínimo al resto de la familia. Si es imposible tener un momento para meditar, antes que la familia se disperse para los quehaceres del día, o antes de iniciar nuestra tarea, busquemos el momento propicio durante el día. Siempre hay una salida para cualquier dificultad si lo deseamos suficientemente, en forma que no signifique eludir deberes u obligaciones. Simplemente requiere organización y silencio.


Encontrado el momento y el lugar, sentémonos cómodamente y empecemos a meditar. Entonces surge la pregunta ¿cómo debemos sentarnos?, ¿Cuál es la mejor posición, las piernas cruzadas, arrodillados, sentados o de pie? La posición más fácil y normal es siempre la mejor. La posición con las piernas cruzadas ha sido, y aún es, la más corriente en Oriente, y se han escrito muchos libros sobre posturas, de las cuales hay aproximadamente ochenta. El hecho de haberlo utilizado en el pasado y en Oriente, no significa que sea la más cómoda para nosotros en la actualidad y en Occidente. Estas posturas son costumbres de la época en que la raza era entrenada psicológica y emocionalmente, y se parece mucho a la disciplina que se le impone a un niño cuando se lo manda a un rincón y se le ordena quedarse quieto. Algunas de las posturas tienen también relación con el sistema nervioso y con esa estructura interna de nervios sutiles que los hindúes denominan nadis, que subyacen en el sistema nervioso, como se lo conoce en Occidente.


El inconveniente de tales posturas conduce a dos reacciones, hasta cierto punto indeseables; nos llevan primero, a concentrar la mente en la mecánica del proceso y no en su finalidad; segundo, con frecuencia producen un agradable sentido de superioridad, basado en la intención de hacer algo que la mayoría no hace y que permite destacarnos como conocedores en potencia. Nos absorbe el aspecto forma de la meditación y no el Originador de la forma. Nos preocupamos del no-yo en lugar del yo. Debemos elegir esa postura que nos haga olvidar más fácilmente el cuerpo físico. Para el occidental probablemente la mejor postura es estar sentado: lo importante es que nos sentemos erguidos, con la columna vertebral en línea recta, relajados (sin dejarse caer) para que no haya tensión en ninguna parte del cuerpo, bajando la barbilla parcialmente a fin de eliminar toda tensión en la nuca.

 

Hay personas que cuando meditan sentadas, miran el techo con los ojos firmemente cerrados, como si el Alma estuviera allí, en posición extremadamente rígida, apretando fuertemente los dientes (quizás para impedir que se les escapen palabras inspiradas llegadas del Alma). Todo el cuerpo está tenso y rígido. Estas personas se sorprenden cuando nada ocurre, excepto fatiga y dolor de cabeza. El retiro de la conciencia de los conductos de los sentidos no implica la transferencia de la sangre del cuerpo a la cabeza, ni el aceleramiento sin control de las reacciones nerviosas. La meditación es un acto interno y se practica con éxito sólo cuando el cuerpo está relajado, en posición adecuada y, luego, olvidado.


Las manos deben estar entrelazadas en el regazo y los pies cruzados. Si aceptamos lo que el científico occidental dice, cuando afirma que el cuerpo humano es en realidad una batería eléctrica, probablemente su hermano oriental esté también en lo cierto cuando afirma que la meditación es la unión de la energía negativa y de la positiva, y que por este medio se produce la luz en la cabeza. En consecuencia es prudente cerrar el circuito.


Obtenida la comodidad física y el relajamiento, y habiendo retirado la conciencia del cuerpo, observamos a continuación nuestra respiración. Veamos si es tranquila, pareja y rítmica. Considero útil hacer una advertencia acerca de los ejercicios respiratorios, que no son recomendables sino para quienes primeramente han practicado durante años en debida forma la meditación y la purificación de la naturaleza corpórea. Mientras no se tenga experiencia y pureza, la práctica de ejercicios respiratorios ofrece verdadero peligro. Nunca se hará resaltar esto suficientemente.

 

Existen hoy muchas escuelas que dan instrucciones sobre respiración y muchos dicen que la respiración es un medio para el desarrollo espiritual. Sin embargo, nada tienen que ver con esto, pero sí con el desarrollo psíquico, y su práctica conduce a muchas dificultades y peligros. Es posible, por ejemplo, desarrollar la clariaudiencia y clarividencia mediante la práctica de ciertos ejercicios respiratorios; pero, si no se tiene una verdadera comprensión del proceso y si la mente no ejerce el correcto dominio de la "versátil naturaleza psíquica", quien lo practique sólo logrará entrar por la fuerza en nuevos campos de fenómenos, desarrollar facultades que es incapaz de controlar, y muchas veces descubrir que no puede excluir sonidos y visiones que aprendió a registrar, y al no poder evadir los contactos síquicos y físicos, es impulsado en dos direcciones, sin hallar paz alguna.

 

Los sonidos y las visiones físicas son herencia normal, y lógicamente hacen su impacto sobre los sentidos; pero cuando el mundo psíquico —con sus propias visiones y sonidos— hace también impacto, se encuentra perdido, no puede cerrar los ojos ni apartarse del indeseable medio ambiente psíquico.


En las antiguas enseñanzas de Oriente no se permitía el control de la respiración, sino después de haberse perfeccionado en los tres primeros "medios de unión". Estos "medios" son:

Primero, los cinco mandamientos, que son: inofensividad, veracidad, no hurtar, continencia e inavaricia.


Segundo, las cinco reglas, que son: purificación interna y externa, gozo, ardiente aspiración, lectura espiritual y devoción.


Tercero, correcto aplomo.

Cuando una persona es altruista e inofensiva en pensamiento, palabra y acción y conoce el significado de la posición adecuada —la postura emocional lo mismo que física— entonces verdaderamente puede practicar ejercicios de respiración con la adecuada instrucción, y hacerlo sin peligro. Aun así, lo único que conseguirá es unificar las energías vitales del cuerpo y llegar a ser un psíquico consciente; pero esto puede tener su utilidad y objetivo si quien lo practica se considera un investigador y experimentador.


El no haberse ajustado a los pasos preliminares necesarios ha conducido a dificultades a más de un investigador digno. Es peligroso para una persona emotiva y débil, hacer ejercicios de respiración con el fin de apresurar su desarrollo; cualquier instructor que trate de enseñar estos ejercicios a grupos numerosos, como frecuentemente sucede, se expone a dificultades, tanto él como sus seguidores. Los instructores elegían antiguamente a algunos individuos para este tipo de enseñanza, que, sumado al entrenamiento, había producido ya cierta medida de contacto con el Alma, pudiendo ésta guiar las energías evocadas por la respiración, impulsar sus objetivos y servir mundialmente.

Por lo tanto, lo único que debemos procurar es que nuestra respiración sea tranquila y regular; entonces retiraremos totalmente nuestro pensamiento del cuerpo y empezaremos la tarea de concentración.

El siguiente paso en la práctica de la meditación es el empleo de la imaginación. Nos imaginamos al triple hombre inferior alineado, o en comunicación directa con el Alma. Hay varias maneras de hacerlo. A esto lo llamamos práctica de la visualización. Algunas personas se imaginan a los tres cuerpos (los tres aspectos de la naturaleza forma) vinculados por un cuerpo radiante de luz, o visualizan tres centros de energía vibrante que recibe el estímulo de un centro más elevado y poderoso; otros imaginan al Alma como un triángulo de fuerza, unido al triángulo de la naturaleza inferior —vinculado por el "cordón plateado", mencionado en la Biblia cristiana, el sutratma o hilo del Alma de las escrituras orientales, la "línea de la vida" de otras escuelas de pensamiento.

 

En cambio otros mantienen la idea de una personalidad vinculada con la divinidad que mora internamente, ocultando en sí misma a esa divinidad, "Cristo en nosotros, esperanza es de gloria". Tiene poca importancia la imagen elegida, siempre que se inicie con la idea fundamental de que el Yo trata de establecer contacto con el no-yo, utilizar su instrumento en los mundos de la expresión humana y viceversa, impulsar al pensamiento de ese no-yo para que se dirija hacia la fuente de su Ser. Mediante el empleo de la imaginación y la visualización, el cuerpo de deseos, o naturaleza emocional, se alinea con el Alma, y una vez realizado, puede continuarse con la práctica de la meditación. El cuerpo físico y la naturaleza de deseos se sumergen a su vez bajo el nivel de la conciencia, entonces nos centramos en la mente y tratamos de someterla a nuestra voluntad.


Precisamente aquí enfrentamos el problema. La mente se niega a amoldarse a los pensamientos que decidimos pensar, y recorre todo el mundo en su acostumbrada búsqueda de temas. Pensamos en lo que vamos a hacer durante el día, en lugar de reflexionar sobre nuestro "pensamiento simiente"; recordamos a alguien a quien debemos ver o alguna actividad que demanda nuestra atención; empezamos a pensar en algún ser querido, e inmediatamente descendemos al mundo de las emociones, debiendo empezar el trabajo de nuevo. De manera que reunimos nuevamente nuestros pensamientos y los retomamos con mucho éxito durante medio minuto, pero de pronto recordamos una cita o una diligencia que alguien está gestionando y volvemos otra vez al mundo de las reacciones mentales, quedando olvidada la línea de pensamientos. Nuevamente reunimos nuestras ideas diseminadas y retomamos la tarea de someter a la mente obstinada.

 

¿Cómo se alcanza este fortalecimiento? Siguiendo una fórmula o delineamiento; al practicar la meditación y automáticamente, se establece un círculo infranqueable alrededor de la mente, que dice "llegarás hasta aquí y nada más". Deliberadamente y con intento inteligente, establecemos los límites de nuestra actividad mental, en tal forma, que forzosamente tenemos que darnos cuenta cuando salimos de esos límites. Debemos ubicarnos nuevamente dentro del muro protector, establecido por nosotros mismos. Es necesario seguir alguna fórmula de meditación durante varios años, si no la hemos practicado previamente y, generalmente, hasta los que llegaron a la etapa de la contemplación se someten frecuentemente a prueba, utilizando una fórmula para asegurarse de que no han caído en una pasividad negativa emocional.


La llave del éxito está en la práctica constante y persistente. Los esfuerzos aislados no llevan al aspirante a ninguna parte, por el contrario, son perjudiciales, pues desarrollan un sentimiento constante de fracaso. Una pequeña tarea, realizada constante y fielmente día tras día, durante un largo período, producirá resultados infinitamente mayores que el esfuerzo entusiasta, pero esporádico. Unos pocos minutos de concentración o meditación regular, llevarán al aspirante mucho más lejos que varias horas de esfuerzo, tres o cuatro veces al mes. Se ha dicho en verdad que "para que la meditación sea eficaz en resultados, no debe ser meramente un esfuerzo esporádico, hecho cuando nos sentimos inclinados a ello, sino una persistente presión de la voluntad".
No debemos preocuparnos constantemente de si progresamos o no. Quienes nos rodean notarán, segura y verdaderamente, el progreso hecho, juzgándolo por nuestra creciente eficiencia, autocontrol, estabilidad y servicio.

Maestro Djwal Khul
Extraído del libro: "DEL INTELECTO A LA INTUICIÓN" (Alice Bailey).

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