LA PRÁCTICA DE LA MEDITACIÓN

28.07.2015

 

Aceptamos la hipótesis de que existe un Alma y que esta Alma puede ser conocida por el hombre capaz de entrenar y controlar su mente.


Con esta hipótesis como base empezamos a coordinar los tres aspectos de la naturaleza inferior y a unificar la mente, las emociones y el cuerpo físico, en un todo organizado y comprensivo. Esto se logra mediante la práctica de la concentración.


A medida que la concentración se fusiona con la meditación (acto de concentración prolongada) se hace sentir la imposición de la voluntad del Alma sobre la mente. Poco a poco, el Alma, la mente y el cerebro, se ponen en armonía. En primer lugar la mente controla al cerebro y a la naturaleza emocional, luego el Alma controla a la mente. Lo primero es consecuencia de la concentración; lo segundo, de la meditación.


De esta correlatividad de actividades, el investigador interesado logrará comprender que hay un verdadero trabajo que realizar y que la primera cualidad necesaria es perseverancia. Cabe observar aquí dos cosas que ayudan en la tarea de coordinación:

1- El esfuerzo para lograr el control de la mente, al intentar llevar una vida de concentración. La vida de consagración y dedicación, tan característica del místico, da lugar a la vida de concentración y meditación, característica del conocedor, y la organización de la vida mental en todo momento y en todas partes.

2- La práctica regular de la concentración, diariamente a la misma hora si es posible, proporciona la actitud unilateral, siendo ambas la base del éxito.

La primera toma algún tiempo, pero puede iniciarse inmediatamente. La segunda requiere períodos de concentración establecidos, y su éxito depende de dos cosas: regularidad y persistencia. En el primer caso el éxito depende, en su mayor parte, de la persistencia y también del empleo de la imaginación. Mediante la imaginación asumimos la actitud del Observador, el Perceptor.

 

Nos imaginamos ser el Uno que está pensando (no sintiendo), y firmemente guiamos en todo momento nuestros pensamientos de acuerdo a las líneas elegidas, pensando sobre lo que queremos y negándonos a pensar en lo que queremos excluir, no por el método de la inhibición, sino por el interés dinámico puesto en otra cosa. No permitimos a nuestra mente divagar a voluntad, o ser impulsada a la actividad por nuestros sentimientos y emociones, o por corrientes mentales del mundo que nos circunda. Nos obligamos a poner atención en todo cuanto hacemos, la lectura de un libro, el desempeño de nuestras tareas en el hogar o en el negocio, la vida social o profesional, la conversación con un amigo, o cualquier otra actividad del momento.

 

Si la ocupación es de tal naturaleza que se puede realizar instintivamente y no exige el empleo activo del pensamiento, podemos elegir una línea de actividad mental, o cadena de razonamiento, y seguirla comprensivamente, mientras nuestras manos y ojos estén ocupados en lo que están  haciendo.


La verdadera concentración nace de una vida concentrada y regida por el pensamiento. El primer paso para el aspirante es empezar por organizar su vida diaria, regularizar sus actividades de manera que su vida esté centrada y sea unilateral. Esto puede hacerlo quien tiene bastante interés en realizar el esfuerzo necesario y es capaz de llevarlo a cabo con perseverancia.

 

Este es el primer requisito básico; cuando reorganizamos y ajustamos nuestra vida, ponemos a prueba nuestro temple y la fortaleza de nuestro deseo. Se observará que para el individuo de vida centralizada no cabe la negligencia en el deber. Cumple con sus deberes familiares, sociales, comerciales y profesionales, completa y eficientemente, y aún halla tiempo para los nuevos deberes que su aspiración espiritual le impone, porque comienza a eliminar de su vida lo no esencial. No evade ninguna obligación, porque la mente enfocada permite al hombre hacer más cosas que antes, en menos tiempo, y logra mejores resultados de sus esfuerzos.

 

Las personas regidas por sus emociones, malgastan mucho tiempo y energía y realizan menos que las personas mentalmente enfocadas. La práctica de la meditación es mucho más fácil para el individuo entrenado en los métodos comerciales, que ha ascendido al rango de ejecutivo, que para el trabajador mecánico, irreflexivo, o para la mujer que lleva una vida puramente social o del hogar. Estos deben aprender a organizar sus días y abandonar sus actividades no esenciales.

 

Son los que siempre están demasiado ocupados para todo, y les resulta insuperable encontrar veinte minutos cada día para la meditación, o una hora para el estudio. Se hallan tan ocupados con las amenidades sociales, la rutina del hogar, las multitudes de pequeñas actividades y conversaciones sin sentido, que no se dan cuenta de que , por la práctica de la concentración, pueden hacer mucho más y mejor de lo hecho hasta ahora. Al ejecutivo entrenado, de vida activa y plena, le resulta más fácil encontrar el momento adicional que requiere el alma. Siempre tiene tiempo para algo más. Ha aprendido a concentrarse y frecuentemente a meditar; lo único que necesita es cambiar el foco de su atención.

Maestro Djwal Khul
Extraído del libro: "DEL INTELECTO A LA INTUICIÓN" (Alice Bailey).

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