HABITACIÓN DE CONNY MENDEZ - POR RUBÉN CEDEÑO

HABITACIÓN DE CONNY MÉNDEZ Por Rubén Cedeño. Libro "Memorias Metafísicas" 45 años de Rubén Cedeño en la Metafísica. Después de la maravillosa explicación que me dio Conny Méndez sobre el Cristo Interno, le manifesté, que no había entendido bien lo del “Yo Superior”, y ella, con una gran dulzura, me dio un golpecito en la pierna y me dijo: “Ven, que te lo voy a enseñar”. Nos levantamos y nos dirigimos por la escalera al primer piso de la casa; al terminar de ascender, vi una pequeña terraza donde había objetos de oficina, y dijo: “Aquí trabaja Katiuska, que es mi secretaria y una maestra de Metafísica fantástica. Ella es mi mano derecha”. Seguimos hacia la habitación de Conny, que estaba totalmente recubierta con una alfombra color crema; tenía una linda cama con un copete de madera labrada con una gigantesca “C” de “Concepción”, “Conchita” o “Conny”, todos ellos nombres suyos. Toda la madera de la cama estaba patinada por sus propias manos en un gris verdoso con visos dorados. En el interior de la pared en la que estaba la puerta de entrada, hacia la izquierda, tenía puesta y enmarcada, la Lámina de la “Presencia Yo Soy”, una que más adelante supe, había publicado una organización espiritual de origen estadounidense con instrucción de los Maestros. Al pie de la imagen había una repisa con una lamparita. Conny me dijo: “Aunque sé que cuando uno enciende lámparas es para uno mismo, yo la prendo cuando medito”. Rodeando la imagen de la Presencia, había varios cuadros pequeños que me fue explicando de abajo hacia arriba y de derecha a izquierda. Señalando con el dedo me dijo: “Ese es mi Maestro, Emmet Fox; luego me señaló a Saint Germain, después a Koot Hoomi y El Morya. Del otro lado de la lámina de la Presencia, tenía al Maestro Jesús, que ella misma había pintado. CONNY MÉNDEZ ME INVITA A TOMAR EL TÉ Después de hablar de los Maestros en su habitación, Conny me invitó a que pasáramos a una sala donde nos sentamos. Vino la doméstica, nos sirvió el té al más puro estilo inglés; había para escoger, tomarlo con leche o limón. Recuerdo la tetera y las tazas, que eran blancas, decoradas con flores color rojo viejo. Conny me preguntó cómo quería el té. No dudé en pedírselo a la inglesa. Echó primero leche en la taza y luego el té, quedando de un color ámbar precioso. El té, lo acompañamos con unas rueditas muy finas de pan tostado al horno, cubierto de mantequilla, canela y un poquito de azúcar, que lo hacía brillar. Esta era una receta exclusiva de Conny. CONNY ME ACOMPAÑA AL PIANO Después del té, encontré propicia la situación para ver si Conny hacía algo de música, y me acerqué a un piano eléctrico un poco viejo; ella me explicó que lo había traído de New York y que lo utilizaba para estudiar de noche con unos audífonos. Mientras hablábamos, Conny se sentó en el piano y comenzó a tocar. Como sabía todas sus canciones, comencé a cantar con toda naturalidad, “Yo soy venezolano”. Al ponerme a cantar acompañado de Conny al piano, comencé a considerarme su amigo de toda la vida, asunto que se cumplió. Había compartido sus enseñanzas metafísicas, tomado el té y cantado con Ella. ¿Qué más? Conny, entusiasmada al terminar de tocar, me obsequió su último disco, que había grabado para el cuatricentenario de la fundación de Caracas, que se había celebrado hacía dos años. CONNY Y MI PERSONA NUNCA NOS DESPEDIMOS Ese día maravilloso en que conocí a Conny Méndez, ya cuando comenzó la noche, iniciamos una despedida que no se consumó nunca. Diez años después, se fue de la encarnación; sin embargo, todavía sigue dentro de mí cada día, y la veo claramente cada vez que facilito una actividad de Metafísica. Llegamos a la puerta de su casa y miramos El Ávila; entonces me dijo: “El Ávila es un Gran Deva que protege a Caracas” y me señaló en la curvatura de la montaña cómo se le veían la cara, los senos y el resto del cuerpo. “Yo hablo con Él y lo saludo cada vez que lo veo”. Nos despedimos, y al salir de la casa, comenzó a llover. Abrí el paraguas, que por casualidad llevaba, y al proteger la cabeza, observé que en el interior del paraguas se veía reflejada una luz que provenía de abajo, me sorprendió al ver que emanaba de mi cabeza. Era como si algo la estuviera iluminando. Había Luz. Esa Luz se quedó en mí para siempre. Fueron infinitos los encuentros con Conny. Ese año finalicé el bachillerato y seguí solamente los estudios en el Conservatorio de Música; como estos eran en la tarde, en las mañanas me ofrecí a trabajar gratuitamente en su oficina, y a los seis meses ya estaba dando clases de Metafísica. Mi vida cambió para siempre, igual que la de toda mi familia. ¡Nací de nuevo! He ido por el mundo, he conocido todo tipo de guías espirituales, Maestros, Gurús, Lamas, quienes me han enseñado mucho y a los cuales les estoy muy agradecido, pero nadie me ha transmitido más de lo que me enseñó en Caracas, a La Luz del Ávila, la caraqueñísima Conny Méndez. La historia continúa.... Foto: Rubén Cedeño en la silla donde Conny Méndez le dio su primera clase de Metafísica.

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